divendres, de febrer 19, 2010

De cronopios y de famas














Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos estan donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo esta algo ladeado lo que ve es el paraguero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para que. Los famas vecinos acuden a consolarlo, y tambien las esperanzas, pero pasan horas antes de que el cronopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles.

Historias de Cronopios y de famas, Julio Cortázar

3 comentaris:

òscar ha dit...

Una joia de llibre. I una joia rellegir-lo de tant en tant.

. ha dit...

Naoko permanecía absorta con las manos en los bolsillos, sin mirar nada en concreto.
–Watanabe, ¿me quieres?
–Claro –respondí.
–¿Puedo pedirte dos favores?
–Incluso tres.
Naoko sacudió la cabeza sonriendo.
–Con dos es suficiente. El primero es que te agradezco que vengas a verme. Estoy muy contenta y me... me ayuda mucho. Quizá no lo parezca, pero es así.
–Volveré a venir –dije–. ¿Y el otro?
–Que te acuerdes de mí. ¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?
–Me acordaré siempre.
Ella prosiguió la marcha sin más,
en silencio. La luz del otoño se filtraba a través de las copas de los árboles y danzaba sobre los hombros de su chaqueta. Volvió a oírse el ladrido del perro, ahora más cercano. Naoko subió un ligero
promontorio parecido a una colina pequeña, salió del pinar y bajó la suave pendiente a paso ligero. Yo la seguía dos o tres pasos detrás.
–Ven. El pozo puede estar por aquí cerca –le advertí a sus espaldas. Naoko se detuvo, me sonrió y me tomó del brazo. Recorrimos el resto del camino el uno junto al otro.
–¿No me olvidarás jamás? –me preguntó en un susurro.
–Jamás te olvidaré. No podría hacerlo.


Tokio Blues

marina grifell ha dit...

m'encanta aquest llibret :)